Algunos padres ejercen una presión asfixiante sobre sus niños porque quieren que
Todas las parejas quieren que sus hijos sean los mejores en algo para tener éxito en la vida, pero algunas lo llevan al extremo. Hay padres que pretenden que sus niños sean perfectos en su comportamiento diario y que, además, se conviertan en los 'número uno' en el colegio y en las llamadas actividades extraescolares -la mayoría de ellas artísticas y deportivas-. Si la presión es continuada, es probable que la reacción del niño sea completamente distinta a la que los padres buscaban: rechazará lo que hace, aunque al principio le guste, y tendrá un sentimiento acusado de frustración porque, haga lo que haga, nunca será suficiente. Los expertos sostienen que la actitud de estos padres suele ocultar una insatisfacción personal por unas expectativas incumplidas, lo que les lleva a volcar sus esperanzas en el futuro de sus hijos.
No hay que equivocar la incentivación con la asfixia. Es positivo motivar a los niños para que se superen a sí mismos, pero es muy negativo lanzarles mensajes desagradables sobre sus progresos o capacidades. «El niño no es en modo alguno responsable de las aspiraciones o deseos del padre o la madre. Si no se cambia esta concepción de las cosas, el padre que actúa así deseará un imposible, algo que no verá llegar nunca y que le dejará una permanente sensación de frustración», confirma la psicóloga clínica Laura García Agustín. Agobiar al crío es contraproducente porque su constante afán por ser el mejor será una losa muy difícil de sobrellevar. «Es posible que la permanencia de esta situación le genere bastante estrés y que su autoestima caiga por los suelos», advierte el psicólogo de la Educación Marcelino Ruiz de Arcaute.
Hay por tanto dos planos educativos paralelos en los que los padres no deben excederse. En el primero, el familiar, los adultos nunca tienen que caer en el error de pensar que el niño se estará siempre quieto mientras come o que no se moverá nunca cuando ve la televisión o va al cine. «Ellos menos que nadie pueden exhibir un comportamiento impecable porque están aprendiendo a comportarse y cometerán un sinfín de errores. Fallos por otra parte normales que hay que saber manejar», apunta García Agustín. En el otro plano, el del desarrollo infantil, no hay que pensar que nuestro hijo será el primero de la clase o el líder de su equipo deportivo. «La competitividad no interesa en estos chavales. Es imprescindible que aprendan a relacionarse con los demás y que asuman los valores positivos de la vida», recalca Ruiz de Arcaute.
«Lo pasarán fatal»
El problema se agrava cuando el padre inscribe a su hijo en alguna actividad sin preocuparse de si le gustará o no porque, en realidad, es la que él practicó en su infancia y juventud. En este supuesto, la presión suele ser aún mayor y se da con frecuencia en el terreno deportivo. Quién no ha visto a un padre en la banda de un campo de fútbol gritarle frases despectivas al niño hasta que éste ya no da pie con bola de lo nervioso que está. «Ambos lo pasarán fatal. El padre, porque ve que las expectativas que él se había marcado no se van a cumplir, y el hijo, porque el nivel que se le exige es muy elevado y ya no sabe lo que hacer para contentar a su padre», explica la psicóloga clínica. Según Ruiz de Arcaute, puede darse el caso de que el crío ya no interprete lo que hace como una actividad lúdica, sino como un «trabajo diario» que llega a aborrecer.
La mayor parte de los adultos que presionan a su hijo no son conscientes del daño emocional que le hacen a él y a ellos mismos. «Estas situaciones sólo traen sinsabores y malos momentos en la familia. Hay que ponerse manos a la obra para modificarlo y conseguir lo que los padres desean con sus pequeños de un modo más eficaz, permitiendo que éstos sean los protagonistas de su vida», recalca Laura García. La cronificación del problema puede afectar también a los lazos afectivos entre padres e hijos e incluso levantar una barrera de incomunicación que con el paso de los años es complicado derribar. Ambos factores contribuyen a la creación de un clima desfavorable para el desarrollo infantil que puede empeorar aún más si el crío escucha con cierta asiduidad críticas y órdenes del estilo a 'No nos dejes en ridículo'.
Las comparaciones son odiosas
Es contraproducente recordar de forma permanente a un crío que su vecino o amigo le supera en algo.
Presionar a los hijos para que sean los mejores es negativo, pero lo es aún más compararles con otros niños que les superan en una actividad determinada. Es bastante común que los padres señalen a los críos un ejemplo a seguir -el hermano mayor, el vecino, un compañero de clase-, pero esta práctica es perjudicial si se convierte en un hábito y las comparaciones van acompañadas de exclamaciones peyorativas. Hablar cada dos por tres de las magníficas notas de Javier, de lo bien que juega al fútbol el hijo de Joaquín y del talento para la pintura de Irene puede motivar a la 'víctima', pero al final lo pagará caro porque intentará ser mejor que sus 'rivales' y se dará cuenta de que no siempre es posible. Su frustración será entonces doble: por el desengaño personal y por pensar que ha vuelto a fallar a sus padres.
«Las comparaciones son odiosas y no sirven para nada», subraya la psicóloga clínica Laura García Agustín, autora de varios libros sobre la infancia y de guías prácticas para los padres. Los comentarios con comparaciones no sólo surgen por las aptitudes en el colegio, en el arte o en los deportes, sino que también son habituales al referirse al comportamiento en casa. «Muchos padres tienen la extraña pretensión de que los niños se comporten de un modo ideal, como autómatas programados para hacer o decir exactamente lo que ellos quieren, cuando y como quieren. Pretenderán que los niños no den problemas, que obedezcan a la primera, que no estorben, que se porten bien, que se lo coman todo, que duerman de un tirón, que no protesten, que no lloren, que sepan estar. Es decir, que sean perfectos. Y, lógicamente, no lo son», añade la especialista.
Cualidades
También Marcelino Ruiz de Arcaute, profesor de Escuelas de Padres en la Comunidad de Madrid, piensa que las comparaciones son contraproducentes; incluso en el caso de que se ensalce con ellas a los hijos. En su opinión, es positivo que los adultos alaben los progresos de sus niños y traten de incentivarles, pero nunca hay que comparar lo que hacen ellos con lo que hacen otros.
«Está bien decirle a un niño que su trabajo en matemáticas ha sido excelente, pero está mal decirle a continuación que su amigo, compañero de clase o vecino es una birria en esa materia», explica. Cada niño es diferente y, por tanto, su ritmo de aprendizaje, bien sea en la escuela o fuera de ella, también lo es. «La idea es que el chaval entienda que puede presumir de sus cualidades y de sus destrezas, pero nunca humillando a otro», agrega el psicólogo.
Fuente: Educate Street.





4 opiniones:
Conozco un caso... y te juro que esa criatura no es nada feliz viviendo de apariencias
Hola!!! que entradaaaaa
Bueno los padres no somos perfectos.... como voy a poner la expectativa sobre mi hija!.
Es mas.... no quiero que sea perfecta!
Porque mis equivocaciones hacen de mi la mujer que soy hoy.
Solo le doy a Mi hija las herramientas que hoy tengo. Pero es su aprendizaje....
mi vida es mi aprendizaje....
Es dificil no poner las carencias de uno en los hijos, pero es responsabilidad de uno poder verlo.
Besos!!!
@Gise: puedo asegurarte que no lo es... se sufre mucho tratando de alcanzar el ideal que los padres tienen en su cabeza.
@Ivana: parece increible pero desgraciadamente no lo es! Si como adultos nos ponemos mal cuando no logramos algo, cuanto más mal se sentirá un/a pequeño/a al no poder alcanzar lo que sus padres quieren... hasta temor de que ya no lo quieran!!! Un horror.
Una lástima por estas crituritas...
uyy excelente tema Julie, yo siempore dije que las comparaciones son odiosas... y más de ese estilo, yo quiero que mis hijos sean felices como ellos mejor lo decidan.. eso si trato de darles las herramientas para que vayan logrando lo que les gusta y lo que quieren..
Con Hamu me pasa, queria que practique futbol.. pero no le gusta, entonces practica basquet..
Es por eso que siempre digo que una va creciendo junto a sus hijos aprendiendo cada dia un poco más..
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